Los profetas de calamidades que anuncian catástrofes -morales, económicas, ecológicas, nucleares-
ven señales y signos del inevitable descarrilamiento. Signos evidentes y señales inequívocas. Me recuerdan a los hipocondríacos que escuchando acerca de una enfermedad, se autoencuentran todos los síntomas. Cuanto más tremenda y trágica, mejor.
En la otra punta -en una de las otras puntas- los optimistas a ultranza, negadores de cualquier posibilidad conflictiva o displacentera. Aquellos que mientras se hundía el Titanic agradecían la oportunidad inesperada de poder bañarse en agua fría porque estimula la circulación.
¿Entre medio qué? ¿Será que es más simple teñir todo de un solo color?
¿Será que a fuerza de tragedia o negación podemos estar, si no felices, seguros?
Por mi parte, gracias pero no.
11 de enero de 2014
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