Sorry, pero va largo, y es verídico.
Estaba esperando ayer el tren para ir a Belgrano y leía, mientras tanto. Del andén de enfrente, gritan mi nombre: es Sebas, que me hace señas y me dice que me fije que hay un tipo en el andén. Hay decenas, pienso y no entiendo. Llega su tren, sube y me sigue haciendo señas desde la ventanilla. Se va el tren.
Miro y veo un pibe sentado con los pies colgando sobre las vías. Con pinta de andar medio para atrás. La verdad, no tengo ganas de complicarme demasiado y recuerdo que hay un policía en la estación. Lo busco, lo encuentro, le digo:
-Hay un señor sentado en el andén, con las piernas hacia la vía.
-¿Y?, pregunta mientras no deja de textear por su celular.
-Que me parece que no anda bien.
-Ya voy; sigue con su celular.
Le clavo la mirada. Los que me conocen sabe cómo miro cuando clavo la mirada.
No me muevo, sigo con mi libro, a 40 cm de este señor.
-¿Quiere que lo ayude a leer?, ironiza, justo a mí.
-No, quiero que cumpla con su deber.
-Ya voy a ir.
Y me desafía con la mirada, esperando que la baje, cosa que no logra.
-Ok, me quedo acá hasta que usted vaya.
En menos de 30 segundos fue.
¿Es necesario?.
Me asombra cómo un uniforme le da idea de impunidad y superioridad o lo habilita para maltratar...