El el principio, el miedo se cernía sobre las mentes.
"No, por más que en Europa lo tengan y en Estados Unidos se consiga, no va con nosotros".
"Nosotros somos cristianos, no cualquier cosa como en esas mezclas que se dan afuera".
"¿Desde cuándo el Estado puede legislar por sobre la voluntad de dios así como lo entendemos, proclamamos, celebramos y enseñamos?".
Muchos piensan que el mundo se va a terminar, que los van a obligar a casarse con quien ellos no deseen, que los niños que nazcan serán laicistas y anticlericales, como la peste de sus padres, que la
familiatradicionalvacaminoalaruinaveadoñayalgohayquehacer, que ya ni los muertos podrán descansar en la paz inmaculada...
¿Cómo a este Vélez Sársfield se le ocurre que necesitamos un Código Civil?.
Esto se escuchaba decir -o al menos así lo imagino, con un margen de error del 3%- en Argentina, allá por 1870, antes que de promulgue el Código Civil. Ahí, entre otras cosas, se le quitaba a la iglesia católica el dominio absoluto sobre la vida (nacimientos), sexualidad y reproducción (matrimonio) y muerte (defunción y entierros).
El mundo sigue andando, que yo sepa.
Huelgan las palabras.