Aparece en el horizonte esto que muchos andan diciendo: "No vivimos una época de cambios, sino un cambio de época". Fácil de decir y memorizar, eufónico, incluso. Difícil de digerir.
Alessandro Baricco me acompaña estos días gracias a Ana. Él se refiere a este cambio, también, imparable, inevitable.
Desconcierta, es verdad. Las respuestas no nos sirven o alcanzan, porque no interesan o las preguntas cambiaron, lo cual es lo mismo. No sirve ni vale quejarse o echar culpas. Hay que sentarse y mirar hasta que nos demos cuenta que las cartas son las mismas pero cambió el juego. Reaprender, desparender.
Tiempo que es fascinante porque la era no parió aún lo nuevo; tiempo que da temor, porque lo viejo aún no murió. O peor, está muerto pero mantenido con respirador que ninguno de nosotros se anima a desenchufar.
Cuando los bárbaros invaden el Imperio Romano de Occidente (entre el IV y VI de nuestra era) los habitantes del imperio sintieron que se terminaba el mundo. Y sí, se terminaba SU mundo, vinieron los años oscuros, la edad media y floreció el Renacimiento...¿Qué florecerá de este mundo que se termina?.
Prefiero escuchar las preguntas e intentar respuestas nuevas y viejas, renovadas y envejecidas, ensayar lo provisorio mientras aclara. O termina de oscurecer.








